Friday, June 16, 2006

 

Kasparov, el hombre de los gestos


Pedro Díaz G.

Hay codazos, empujones. Se levantan las voces. --Bueno, señor, ¿se va a meter o qué?.. no me aviente.

--Pues hágase para allá...

Y el: --Ssshhhhhh --pronto se generaliza: al salón Andrómeda del Nikko llega gente de todas partes con el sólo fin de observar lo que todos sabían: que el vencedor sería el campeón mundial y se llama Garry Kasparov. Contra quien juegue.

Si ya se chingó hasta a una computadora dice un joven a su madre, en el más apropiado de los lenguajes.

...Y tenía más de un millón de combinaciones para jugada le ilustra, con decencia, la hermana menor.

Garry Kasparov sólo permite se le fotografíe durante unos minutos, los que emplea para saludar de mano y entregar sus pequeños trofeos a los niños campeones que, de entre 20 mil aspirantes, sortearon las inconveniencias y se sientan ya alrededor de estas mesas en donde Kasparov les retará en partidas simultáneas, que embelesan a más de medio millar apretujado en torno al escenario. Ssshhhh...

Inicia casi puntual la fiesta de las partidas. Y son muchas: 25, 18 de jóvenes que se han tenido que calificar y siete más, cedidas por los organizadores a sus más confiables ajedrecistas.

Creo que es un genio de tal calidad dice muy serio, el rostro pleno de orgullo por haberle soportado casi 80 jugadas, Jorge Hernández, el último en caer que te da cierta ventaja. Va cediendo piezas, te consiente. Porque sus ataques no fueron muchos, claro, llega el momento en que, así como sucumbió Deep Blue, yo tampoco tuve nada qué hacer...

Le arropa el cariño de su madre, al mejor perdedor de hoy. Porque de los 25 ajedrecistas, ninguno termina con el tablero incólume cuando faltan unos minutos para las nueve de la noche.

Agradece apenas con la mirada, Kasparov, a quien se le aplaude como nunca: en inverosímiles condiciones.

Cuando sus rodeos a las mesas casi ha concluido, no sólo sonríe el hombre de los gestos no atinará, en toda la noche, más allá de un par de monosílabos, en inglés, y un thank you con el que se despide, ovacionado sino que comienza una extraña sesión: la de los autógrafos, entre jugada y jugada.

Habrá que guardar un silencio que se torna incompleto ante la intermitencia del murmullo, el chocar de los vasos, los chillidos de un pequeño, el titilar de un beeper, la inoportuna llamada a un teléfono celular, un ataque de tos, un estornudo y un te quiero.

Sssshhhhh...

Que el hombre está trabajando.

Por casi tres horas, en voz baja, como en susurro. Todos. Y de pie. Y él, el genio, cuando marcha a la hora y media de azoro, inicia el acabóse: cae el primero de los 25, le sigue inexorable el resto.

Es una lástima, algo que no debemos permitir: no con tal impunidad responde Ivar Sisniega, cuando los reporteros, en un respiro afuera del salón, le cuestionan sobre el accidente que enluta al ciclismo nacional, llena de rabia a quienes gustan del pedaleo, avergüenza a los peatones. "Por favor, todos apaguen su teléfono celular", fue el anuncio. Y suenan un par. Incluso alguien lo contesta. Ssshhhh...

"Y los flashes, por favor, sólo durante un minutito..."

Una tos.

Un estornudo.

¡Una luz! Es que sin flash no salen las fotos, ¿o sí?

Se contiene el aliento, entre empujones, aquí en el Nikko, hasta que el hombre de los gestos que abrirá para México y sus alumnos la página de Internet en donde guarda sus secretos decide el último jaque.

Y el aplauso, entonces, se desgrana como nunca: en inverosímiles, extrañas, ¿confortables? condiciones...


Mayo, 2004


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