Sunday, May 28, 2006

La noche que nació la “machomanía”
Qué son unos cuantos puntos de sutura ante el silencio de 43 mil aficionados...
Pedro Díaz G.
El secreto es sólo uno: cada segundo de tu vida es basquetbol. Entregarte en
cuerpo y alma. Me gusta trabajar y dar el máximo esfuerzo. Momento a
momento. En la cancha, trato de convencerme y lo intento también con mis
compañeros, de que somos guerreros. Cuando piso la duela sólo pienso en
pelear. Y trato de involucrar a los jóvenes para que luchen y se entreguen por
cualquier balón, sin importar lo difícil que pueda parecer. No siempre les gustan
mis regaños, pero, en la cancha han dado buenos resultados. En la vida, hasta
ahora, también.
Eduardo Nájera no recuerda mucho al respecto. Un minuto estaba preparándose
para enfrentar a Mateen Cleaves y al otro yacía boca abajo en medio de un charco
de sangre en la duela del estadio Trans World Dome.
Noche del viernes 19 de marzo de 1999. Con el estruendo de las cornetas se
mezcla el estruendo de fanfarrias, de porras, de gritos. Más de 40 mil
espectadores colman las gradas para ver a los Sooners jugar contra Michigan
State. La aparición de Oklahoma en San Luis se debe en gran medida al
desempeño de “El Gran Extranjero”, como le gusta al entrenador Kelvin Sampson
llamar a Nájera. Los Sooners ingresaron al “Gran Baile” como la última selección.
Pero los 17 puntos, 13 rebotes, tres robos y dos bloqueadas de Nájera los
impulsaron a una inesperada victoria 61-60 contra Arizona y sus 20 puntos y 15
rebotes permitieron derrotar a la Universidad de Carolina en Charlotte. “Será un
partido con jugadas parecidas al futbol americano”, había bromeado Cleaves, a
manera de presagio. Último cuarto. Seis minutos por disputarse... De pronto, el
impacto, contundente. Burlado por Nájera en una pantalla, Cleaves se estrella con
él; su cabeza golpea directo la barbilla del mexicano. “Fue como chocar contra
una pared de ladrillos” confesaría Cleaves. “Nunca oí un golpe similar”, diría Tom
Izzo, coach de los Espartanos. Nájera cae desde sus 2.06 metros de altura, le
sigue Cleaves y la arena se sumerge en un ominoso silencio. Es un golpe total a
los sentidos. Y sin embargo, muchos de los compañeros de Nájera esperan que
el delantero de 108 kilogramos se levante. En sus primeras tres temporadas,
lanzar su cuerpo por todas partes se había convertido para Eduardo en un acto
común; tan común como las lesiones sufridas (tobillo roto, pie fracturado).
El centro de los Sooners, el también mexicano Víctor Ávila, camina hacia él y le
da un cariñoso puntapié en el costado. “Levántate”, le dice. Después ve la sangre
que tiñe de rojo el rostro de su inmóvil compañero y entonces calla. Transcurren
cuatro minutos y Mateen está de pie; cinco más y Nájera sigue tendido. El
entrenador Alex Brown, quien cura su cortada barbilla justo ahí, en la duela,
piensa que quizá a Eduardo se le ha roto la quijada. Pero no. Al fin… Nájera se
levanta lentamente y es ayudado a dejar la cancha. Ávila y su compañero Michael
Johnson sollozan. “De la duela salía el corazón del equipo”, recuerda el centro
Renzi Stone. En los vestidores, los médicos evalúan el daño: golpes en el pecho,
una concusión ligera, un diente astillado y siete puntadas en la barbilla. “Sentí
que me encontraba en mi propio pequeño mundo”, recuerda Eduardo.
Mientras tanto, sus alterados coequiperos fallan, ceden cinco puntos seguidos.
Transcurren los segundos: 4.59...4.58... Y, de repente, los fanáticos vuelven a la
vida. “Se escuchó un rugido”, recuerda Sampson, “como el despegue de un
avión.” El entrenador echa un vistazo a la gran pantalla. Una cámara en el túnel
muestra a Nájera regresando a la cancha. “El dramatismo era increíble dice
Sampson. Nunca vi a alguien con tanto margen de tolerancia al dolor”. Saluda
Eduardo, aúlla el público, fervoroso desde que el mexicano ha catapultado a los
Sooners a nuevas dimensiones. No es la primera vez que sobrevive a un fuerte
golpe, pero no muchos jugadores harían lo que él hace después de que Cleaves lo
dejó tirado y cubierto de sangre. Al llegar a la duela no se detiene en la banca,
sino que pregunta a su entrenador: “¿A quién quiere que marque?” Sampson se
maravilla ante ese recuerdo. “La mayoría de los jugadores habría estado en el
hospital”, dice. En cambio, en la siguiente posesión de Oklahoma, Nájera hace
crujir los huesos de ¿adivinen quién? Mateen Cleaves… ¿Qué sucedió aquella
noche?
Hay una leve sonrisa en el afilado rostro de este gigante nacido en Meoqui,
Chihuahua, hace 23 años. Recuerda. Los párpados empequeñecen sus grandes
ojos negros tan negros como el lacio cabello lustroso; destaca también su
cuadrado mentón. Al fin dice: Que había sufrido mucho para llegar hasta ahí. Que
siempre soñé con jugar el mejor basquetbol... Que nunca imaginé todo lo que me
estaba pasando. Que mis compañeros veían en mí al líder y no podía darles un
mal ejemplo. Me cosieron algunas puntadas, me reanimaron, y regresé. Tenía que
regresar. ¿Qué son unos cuantos puntos de sutura ante el silencio de 43 mil
aficionados? Volví un tanto aturdido, sí, el coach me dio indicaciones para la
jugada siguiente pero las olvidé y entonces hice lo que me nació: otra pantalla
sobre Cleaves, y el estadio volvió a llenarse de gritos.
Lo que sucedió después parece ahora casi insignificante. Los inspirados Sooners
se acercaron, los valientes Espartanos se aferraron a la victoria. Pero la imagen
que todos recuerdan es la de Eduardo Nájera saliendo del túnel, dejando su
propio, pequeño mundo. Así fue como los aficionados estadounidenses llegaron a
conocerlo. Fue la forma en que Eduardo Alonso Nájera Pérez, un enorme
mocetón venido de Chihuahua, entró inconscientemente a sus conciencias.
“MÁS MACHO”, decía el encabezado de una crónica de aquel partido. Esa noche
nació en Oklahoma el fenómeno llamado Machomanía. De hecho, una de las
esquinas del legendario Lloyd Noble Center, estadio de los Sooners, fue
bautizada con el nombre de Eduardo s Warriors, impreso también como el
número 21, de Eduardo en las camisetas de los mil 500 espectadores que la
ocupaban. Prohibido estaba el acceso a quien no vistiera así.
Piensa en voz alta el reportero: La imagen de Nájera se proyectó a todo el país
como la de un hombre fiero, de arrojo… Con voz firme comenta el canastero:
Cierto. Acaso fue uno de los días más importantes en mi carrera porque, aunque
ya mucha gente me conocía, después de esa noche las cosas nunca fueron
iguales en la localidad. Me dio más popularidad. De ahí sacaron, con mucha
imaginación, todas las historias de “hombre malo”, “hombre fuerte”, “hombre
macho”. Pero no por la forma en la que juego, sino sólo por esos minutos, ese
incidente que, por lo demás, es parte del juego. Y si eso hubiera pasado en
cualquier otra parte, me levanto igual: habría hecho lo mismo.
Vuela la imaginación del reportero: Conquistar un estado como Oklahoma...
Observar las tribunas llenas, las pancartas. Los gritos, el ánimo, las emociones.
¿Qué pasa por la mente de un mexicano que logra todo esto?
Permanece la leve sonrisa en los gruesos labios de Eduardo, quien responde con
voz pausada: La verdad, nunca pensé en cosas así, pero ahora que lo mencionas,
a veces me pongo a analizar el pasado, lo que hice, lo que logré y, más que
nada, cómo reaccionó la gente, cómo todo se fue dando de la nada: en el primer
año, pasar por una extraña transición, llena de nostalgia. En el segundo, pensar
si me iba o me quedaba. Un tercero de estallido. Y el último año en Oklahoma,
prácticamente...
Apoteósico.
Exacto... La despedida, más que nada. Y ves, sientes la emoción que la gente
tiene por verte, las ganas... Su deseo de llegar a los juegos una hora, dos horas
antes, para buscarte aUn cuando sólo estás tirando, calentando... Eso es algo
que sinceramente no se puede describir; imágenes que se graban en cuerpo y
corazón. Inolvidable. Entiendo la pregunta, pero no sabría cómo contestarla. Eso
es lo que me impresionó: la reacción de la gente...
A propósito de imágenes: nos sorprendió una, en el juego ante los Cuernos
Largos de Texas (31 de enero; Nájera y Ávila consiguieron 31 puntos y 20
rebotes; Oklahoma ganó 83-59), que decía: “México, mándanos más jóvenes
como estos”...
Sí, la recuerdo dice Eduardo con naturalidad. Otra decía: “Eduardo para
Presidente”, y eso me llamó la atención, porque estás lejos de tu casa, en otro
país, y la gente te quiere. Y aunque suena a broma, me gustó. Me gustó mucho.
Hubo varias más que me hicieron voltear a verlas, porque eso es algo que tiene la
gente, allá: te dice lo que siente a través de frases ocurrentes, en pancartas. Y no
sólo en Oklahoma. En otras escuelas hacían letreros para hacernos enojar: una
vez jugamos contra Oklahoma State y tenían una que decía: “Where is your green
card?” Más o menos, “¿dónde está tu pasaporte?” Víctor y yo nos echamos a
reír. Tanto, que a la gente le extrañó, pues se suponía que nos daría rabia. Pero
no: son cosas que suceden como parte del deporte. En otra ocasión, en casa, se
leía un cartel de ESPN que decía: “Eduardo Score Points to Nigth” “Eduardo
Anota Puntos esta Noche”, y las mayúsculas eran: ESPN. Desde la esquina
Eduardo s Warrior, una chica gritó: “¡Eduardo, cásate conmigo!”, y estalló el
jubilo. Verlos felices, ruidosos, fue realmente emocionante.
Pero el fervor, dice la historia, fue epidemia que se extendió por toda la Unión
Americana. De alguna manera, y con sencillez, lo acepta Eduardo: Me sorprendió
que fuera de Oklahoma también me reconocieran. Fue impresionante cuando
estuvimos en la Final Four, ese campeonato del primero al 3 de abril, en
Indianápolis. Fui a ver los juegos, y me reconocieron. Todo mundo quería platicar,
acercarse, la firma, la foto. Es increíble cómo los fans de Carolina del Norte, o de
Michigan State, Wisconsin, Florida, personas con las hace poco nada tenía que
ver, ahora se sientan tan identificadas conmigo.
Un sueño casi realidad
El desierto al sur de la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso es un vacío
manchado por matorrales. Por casi 200 años, apaches y comanches asolaron la
región desde el norte, atacando la frontera abierta y regando la tierra con sangre.
Tras la guerra MéxicoEstados Unidos, soldados estadounidenses, “vigilantes”,
siguieron sembrando el terror en el campo. No fue sino hasta principios del siglo
20 cuando los mexicanos empezaron a contraatacar a los del norte, a través de
un ladrón de ganado que se elevó a la prominencia en la desértica ciudad de
Chihuahua. Pancho Villa permanece como una figura mítica en la historia de
México, un Robin Hood que atacó los pueblos fronterizos estadounidenses y
ayudó a garantizar el triunfo de la Revolución Mexicana. En 1916, el general John
Blackjack Pershing fue enviado al sur a capturar y castigar al bandido. Pero Villa,
el único extranjero que ha invadido exitosamente Estados Unidos, nunca fue
capturado. Hoy, los bandoleros comandados por Villa que alguna vez se
congregaron en las montañas que rodean Chihuahua, han sido reemplazados por
chicos con la camiseta número 21 de Oklahoma, poderosas empresas
mexicanas ven la posibilidad de una nueva estrella de los comerciales, y los
chihuahuenses se preparan para otro tipo de invasión. Este miércoles, si todo va
como se espera, Eduardo Nájera se convertirá en el primer mexicano
seleccionado para el basquetbol profesional.
¿Qué pasará en el draft? A los reclutadores les encanta la energía de Nájera.
“Cualquiera que sea el equipo para el que juegue obtendrá un honesto trabajo
diario”, señala Dick Percudani, director de reclutamiento de los Suns de Phoenix.
Hace un año Eduardo no pensaba en la NBA e inclusive en sus respuestas ante
la prensa relegaba el tema a segundo término; decidió primero terminar su carrera
universitaria, su elegibilidad como colegial y después hablar. Lo hace ahora: Ya
sueño con jugar en la NBA. Lo he estado esperando desde hace cinco años,
cuando llegué a Cornerstone y durante mi carrera con los Sooners. Al imaginar lo
que vendrá, lo que inclusive ya está sucediendo, como este viaje a México, me
pongo algo nervioso. Pero ya quiero estar en el mejor basquetbol del mundo.
Realmente no me interesa qué equipo me pueda escoger, aunque me inclinaría
por alguno cercano a México, como San Antonio, Los Ángeles, Houston, Dallas,
inclusive Orlando o Miami. Y, por supuesto, los Bulls.
¿Nájera como factor del resurgimiento de los alicaídos Toros?
Sueños son…